El miedo más frecuente que escucho de los escritores antes de enviarme su manuscrito es siempre el mismo: “No quiero que lo corrijas tanto que deje de sonar a mí.”
Es un miedo completamente legítimo. Y entiendo de dónde viene, porque yo también lo he sentido.
La diferencia entre error y estilo
Lo primero que aprende un corrector con experiencia es a distinguir entre un error y una elección. No son la misma cosa.
Una coma mal puesta es un error. Una frase sin verbo principal que genera un efecto rítmico deliberado es una elección. Empezar un párrafo con una conjunción puede ser descuido o puede ser voz. El contexto lo dice todo.
Cuando llevo ocho páginas de un autor, ya entiendo su música. Sé si ese punto seguido donde debería haber punto y coma es un tic involuntario o una cadencia buscada. Esa distinción es la que separa la corrección de la invasión.
Mi proceso en la práctica
Cuando recibo un manuscrito, lo primero que hago es leerlo sin tocar nada. Sin bolígrafo, sin control de cambios, sin notas. Solo lectura.
Esa primera lectura me sirve para hacer tres cosas:
- Entender de qué va la historia más allá del argumento
- Identificar la voz del autor: su ritmo, su vocabulario, su sintaxis favorita
- Detectar qué es consistente y qué es accidentalmente inconsistente
Solo después de esa lectura empiezo a trabajar. Y trabajo siempre con la pregunta en mente: ¿Esto que voy a cambiar lo hace más suyo o menos suyo?
Lo que nunca toco
Hay cosas que no corrijo aunque técnicamente sean “incorrectas”:
- Vocabulario dialectal o regional que forma parte del registro del personaje
- Frases cortas acumuladas cuando generan tensión deliberada
- Repeticiones que funcionan como recurso poético o emocional
- Estructuras sintácticas poco convencionales que el autor usa de forma coherente
Si algo me genera duda —si no estoy seguro de si es error o elección— lo señalo con un comentario en lugar de cambiarlo. El autor siempre tiene la última palabra.
La corrección como conversación
La mejor corrección que he hecho en mi carrera no fue la más técnicamente impecable. Fue aquella en la que, al terminar, la autora me escribió: “Siento que esto por fin suena como yo quería que sonara.”
Eso es lo que debería hacer una buena corrección: no reescribir, sino afinar. Como un técnico de sonido que no cambia la canción sino que ajusta los niveles para que se escuche exactamente como el músico la imaginó.
Si tienes un manuscrito y quieres que lo revise, escríbeme sin compromiso. El primer contacto incluye siempre una muestra gratuita.