Cuando le cuento a otros escritores que paso semanas —a veces meses— construyendo el mundo antes de escribir la primera escena de la novela, la reacción es generalmente una mezcla de admiración y horror.
“¿No te bloqueas? ¿No es perder el tiempo?”
No. Y no.
El mapa antes que el viaje
La primera cosa que hago cuando empiezo un proyecto de fantasía es dibujar un mapa. No tiene que ser bonito. No tiene que ser definitivo. Pero tiene que existir.
El mapa me obliga a tomar decisiones que la escritura sola pospondría indefinidamente. ¿Dónde están las montañas? ¿Hay mar al norte o al sur? ¿Qué distancia separa la ciudad capital de la aldea donde nace el protagonista? Esas no son preguntas decorativas. Son preguntas que afectan directamente a la trama, al ritmo de los desplazamientos, a la economía del mundo, al clima, a la cultura.
Un escritor que no sabe cuántos días tarda en recorrer su mundo a caballo no puede escribir con precisión. Y los lectores de fantasía notan la imprecisión aunque no sepan nombrarla.
La cronología: el esqueleto de la historia
Antes de comenzar La Sombra del Imperio, pasé tres semanas construyendo una cronología de Roma que abarcaba desde el siglo III a.C. hasta el I d.C. Solo usé directamente unos veinte años de esa cronología. Pero esos veinte años que aparecen en la novela tienen un peso, una densidad, una coherencia que no hubieran tenido sin los otros doscientos de contexto.
Lo mismo con la fantasía. Si sé qué guerras se libraron hace trescientos años en mi mundo, los personajes del presente cargan con esa historia aunque jamás se mencione explícitamente. Se nota en los nombres de los lugares, en los prejuicios entre las culturas, en los objetos que conservan las familias.
El sistema de magia: reglas antes que efectos
Lo más importante de un sistema de magia no es lo que puede hacer. Es lo que no puede hacer.
Un sistema de magia sin límites es un sistema que mata la tensión narrativa. Si el protagonista puede hacer cualquier cosa, el lector nunca siente que está en peligro real.
Cuando diseño magia, lo primero que establezco son los costes. ¿Qué cuesta usar magia? ¿Tiempo, energía física, años de vida, cordura, algo que el personaje valora? El coste define el drama.
¿Y si cambias todo al escribir?
Lo hago. Siempre.
El mundo que construyo antes de escribir nunca es el mundo que termina en la novela. Hay lugares que añado, elementos que descarto, sistemas que simplifico porque en la práctica resultan demasiado complejos para integrarlos con fluidez.
Pero ese proceso de construcción previa no fue tiempo perdido. Fue el tiempo que necesité para entender mi propio mundo lo suficientemente bien como para poder olvidar la mayoría y quedarme solo con lo que sirve a la historia.
El lector no ve los cimientos. Pero los siente.
¿Tú también construyes el mundo antes de escribir, o prefieres descubrirlo al mismo tiempo que tus personajes? Me interesa el debate.